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domingo, 25 de enero de 2015

Cercanías Renfe.

Núria subió al tren de cercanías y consiguió hacerse un hueco en el vagón atestado de gente. Colocó como pudo su capazo de mimbre entre los tobillos y se puso las gafas de sol a modo de diadema. Se moría de calor y lo único que podía hacer era soplar y abanicarse con la mano hacia el escote de su vestido corto de color azul.
El moño castaño dejaba a la vista unas gotas de sudor que comenzaban a resbalar por su nuca.

El tren arrancó con fuerza haciendo que perdiese el equilibrio y se echase hacia atrás. Apunto estuvo de caerse al suelo de no ser por unas manos que la agarraron por los hombros con firmeza.
Al darse la vuelta sorprendida se encontró con un chico alto, moreno, que vestía una camisa blanca remangada y unos tejanos. Él sonrió para tranquilizarla y tan ruborizada que se sintió ella, volvió a colocarse de espaldas al desconocido sonriéndose también de forma bobalicona.

Repasó mentalmente ese instante en que su espalda se pegó al torso del chico. Pensó en el momento en el que sintió el calor del pecho de este y cómo llegó a captar el olor de la colonia que usaba.
Su nerviosismo aumentaba por segundos y notaba como las sienes le palpitaban. Se mordió el labio inferior mientras se desplazaba milimétricamente hacia atrás para estar un poco más cerca de él.
El pecho le latía con fuerza y temía que el corazón se le saliera por la boca.

Quería pensar que tal excitación ante un roce tan leve solo podía deberse a que hacía una semana que no se masturbaba.
Durante los días que había pasado en la casa de la playa de su amiga no había tenido oportunidad de aliviarse en condiciones. El hecho de compartir habitación con ella y que la ducha no tuviera mango extensible dificultaba las cosas.

No tenía otra cosa en la cabeza que no fuera volver a sentir ese contacto a la par que se repetía una y otra vez que ella no había hecho nunca algo así.
Deseaba con todas sus fuerzas que el vagón se sacudiera mientras apartaba el capazo de mimbre de entre sus tobillos para poder estar unos centímetros más cerca de aquel desconocido.

Por suerte para Núria, el tren llegó a la siguiente estación y el frenazo, que fue más cuidadoso de lo que a ella le hubiera gustado, le sirvió como excusa perfecta para volver a dejarse caer de espaldas. Esta vez el chico no estuvo atento para agarrarla de nuevo y ella aprovechó la sacudida para frotar su culo contra el paquete de él. No se giró, sino que ella misma pegó su espalda unos segundos antes de volver a incorporarse.
Comenzó a rezar para que el desconocido no se bajase en esa estación y al notar que sus talones todavía tocaban las puntas de los zapatos de él después de que el tren volviera a arrancar, suspiró aliviada.
Ahora le notaba realmente cerca: El aliento cálido del chico llegaba a su cuello y ella no hacía más que inhalar con nerviosismo el perfume que despedía su imprevisto compañero de viaje. 

Núria quería estar todavía más cerca de él. Quería estar pegada de tal manera que si a él se le ocurría sacar la punta de la lengua, pudiera lamerle las gotas de sudor de su nuca.
Se sentía fuera de sí misma cuando colocó las manos a la espalda, alargando el dedo corazón con disimulo para alcanzar el pantalón del chico.
No le hizo falta, ya que de repente, se encontró con todo el paquete abultado en la palma de la mano.

No quiso mirar a los lados por si alguien más se había dado cuenta de aquello. Así que cerró los ojos y palpó a placer esa tela rígida, dura y caliente que aprisionaba algo que casi no podía asir del todo con la palma de su mano.
Agarró con fuerza el paquete mientras gemía lo más silenciosamente que sabía, cerrando los ojos con fuerza.
A continuación, las manos de él, grandes y fuertes, comenzaron a cogerla por la cintura, acercándola hasta la bragueta de su pantalón. Comenzó a sentir la tela tejana frotándose entre sus nalgas temiendo que su ropa interior no pudiera contener el chorro de flujo y que este resbalase por entre sus muslos.

Un dedo de él se internó bajo el vestido de Núria y comenzó a jugar con la costura de sus bragas colándose poco a poco. Ella quería comenzar a gritar obscenidades, darse la vuelta y subirse a horcajadas para que ese hombre la follase ahí mismo. En su lugar se colocó las gafas de sol a modo de antifaz para que nadie pudiera ver que se le caían las lágrimas de pura excitación.

La mano del desconocido se había ya colado con toda impunidad dentro de su ropa interior y recorría los pliegues de carne empapada hasta encontrar la entrada de su coño.
Núria era incapaz de concentrarse en nada que no fuera el olor de su propio flujo subiendo como un vaho caliente que explotaba dentro de su nariz, temiendo que el resto de los pasajeros pudieran olerlo también.

Dos dedos fuertes y gruesos se revolvían a placer mientras el pulgar presionaba contra su culo.
De aquella, el flujo ya resbalaba por su muslo izquierdo y Núria se imaginaba a ese cabrón lamiéndole el hilo viscoso como castigo por torturarla de esa manera.
La única venganza que se le ocurrió en ese momento fue agarrarle con fuerza el paquete aprisionándole así la polla y los huevos, deseando arrancarle los quejidos que ella no podía soltar. Pero lejos de amedrentarse, notaba como la polla del chico palpitaba y se agarrotaba cuando ella aflojaba un poco la mano, invitándola así a volver a apretarla.

Núria creía estar en una sauna a causa del calor húmedo que flotaba dentro del vagón, creyéndose ella la culpable de esa subida de temperatura.
Comenzó a pensar que el resto de pasajeros se estaban dando cuenta de lo que ellos dos estaban haciendo. Que comenzaban a mirarla, a lamerse los labios y a rodearla poco a poco. No sabía si eso formaba parte de su temor a ser descubierta, de su fantasía o que realmente estaba pasando.

En el mismo instante que el tren entró en un túnel haciendo que el vagón se quedara a oscuras, las manos del hombre dieron la vuelta a Núria y esta sintió cómo de forma hábil y precisa le levantaban el vestido y apartaban sus bragas para introducirle más de un palmo de carne dura y caliente que la llenó hasta las entrañas.
Rodeó con sus brazos al extraño y le mordió el cuello con fuerza para ahogar sus gritos sin soltarse, al tiempo que aprisionaba con sus piernas entorno a la cintura de él queriendo hundirse todo lo posible y más.

El tren dio una fuerte sacudida que hizo que se detuviera bruscamente, cosa que no le importó a Núria.
Tampoco le importó notar en la absoluta oscuridad un par de manos sobando su culo, otra agarrándola por el cuello, dos más apretando sus pechos, una lengua lamiendo el sudor de su nuca y hasta otras dos entrepiernas restregándose por sus caderas.
Les oía respirar con violencia, apretándose contra ella, mezclando su sudor con el suyo propio, mordiéndola aquí y allá.
No tardaron en arrancarle la ropa mientras el tren seguía parado dentro de ese túnel, a oscuras.

Se sumaban más cuerpos que le susurraban guarradas al oído o quizá dentro de su cabeza, ya no estaba segura de nada. La oscuridad daba vueltas alrededor de sus ojos y por suerte una boca se encontró con la suya y pudo beber de ella para no morir deshidratada.
La polla de su consentido acosador continuaba reventándola por dentro aunque no encontraba fuerzas para asirse a él.
Ya ni siquiera permanecía sujeta de brazos y piernas sino que los cuerpos a su alrededor la mantenían a pulso mientras varias decenas de dedos la recorrían, a veces colándose en su boca y otras hundiéndose en su coño.
Algunos dedos más finos y suaves que los otros le daban a probar flujos de distintos sabores. Seguramente, pensaba Núria, debía tratarse de otras mujeres que también la rodeaban.
Los orgasmos se sucedían entre sí haciendo que perdiera la cuenta y se desmayase entre uno y otro.

A veces las convulsiones se debían a causa de las embestidas de la gran polla que la atravesaba, otras por los tocamientos enloquecidos y desordenados sobre su sexo e incluso hasta por la forma de que una u otra boca le devorase el cuello con ansia.

Después de notar cómo su coño se inundaba de esperma hasta desbordarse, otra polla ocupó su lugar llevando a cabo unas embestidas todavía más frenéticas.
Suspendieron su cuerpo horizontalmente y empezó a palpar a ciegas a su alrededor agarrando otros cuerpos desnudos. Le inclinaban la cabeza para comer de diferentes bocas que iban siendo apartadas unas por otras que después se deslizaban por sus pechos y su vientre.
Cuando no tenía una polla follándola hasta la garganta era porque otra intentaba colarse entre sus labios.

De nuevo más orgasmos le hicieron sentirse febril y sin fuerzas. El esperma le resbalaba de entre sus muslos y rebasaba por su boca aquel que no conseguía tragar.  
Los espasmos agitaban sus caderas hasta sentir un hormigueo en las plantas de los pies. No podía más que balbucear incoherencias mientras los brazos que la sujetaban se resbalaban por el sudor.

Núria era líquido: Era sudor. Era semen. Era flujo. Era saliva.
No le importaba si ese tren volvía a arrancar dentro de dos minutos o dos días.
Quiso morir así.

sábado, 31 de diciembre de 2011

El verano de Marta.

Marta solía pasar los veranos en casa de sus tíos, en un pueblo de la costa catalana.
A sus diecinueve años empezó a ir sola por las mañanas a una cala escondida. Allí se desnudaba por completo para que el agua salada lamiese su cuerpo generoso de formas voluptuosas.
El sol se encargaba de calentar su piel dándole así un delicioso color canela cuando se tumbaba sobre la toalla después del primer baño de la mañana.
Las gotas resbalaban por sus pechos, su vientre y sus muslos. Ella permanecía inmóvil, tendida boca arriba en su toalla, con los ojos cerrados. Sólo el gusto salado en sus labios hacía que se relamiera instintivamente.

En las ocasiones en las que observaba la cala especialmente tranquila y deshabitada, se dejaba llevar por el calor que el sol regalaba sobre su cuerpo y se acariciaba el sexo tranquilamente, paladeando durante un largo rato el placer hasta llegar al éxtasis.
Alguna vez llegó a sentir la presencia de alguien que podía estar espiándola a lo lejos en esa cala, pero eso no la avergonzaba, de hecho la excitaba más y hacía que quisiera darle a su posible voyeur un mejor espectáculo con el que regalarse la vista. Después acostumbraba a descansar unos minutos dejando que sus músculos se relajasen, para acabar tomando un último baño antes de volver a casa de sus tíos para comer.

Las tardes solía pasarlas en la piscina municipal, charlando con sus amigas. Tumbadas en el césped se confesaban las unas a las otras lo mucho que les gustaba tal o cual chico o bien el último encontronazo sexual en las fiestas del pueblo de al lado. Allí Marta tampoco se amedrentaba y si veía que algún chico que se fijara en ella, esta descaradamente le devolvía la mirada fijamente hasta que la apartaba. A Marta le gustaba coquetear, pero normalmente era más decidida que los chicos de su edad y no le gustaba perder el tiempo con nadie. Si le apetecía hacer algo con alguien, lo hacía, no le gustaba quedarse esperando a que la otra persona diese el paso decisivo.

Las noches entre semana eran normalmente más aburridas. Al terminar la cena y después que sus tíos se fuesen a la cama, Marta se quedaba en el salón jugando a cartas o viendo una película con sus dos primos mayores. Tanto Miguel de veintiún años como Rafael (Rafa) de treinta, tenían un físico parecido. Los dos eran altos, de complexión fuerte, aunque Miguel algo más delgado. Un buen par de morenazos como solía llamarles Marta en tono alegre y cariñoso.

Aquella noche en concreto, los tres estaban viendo una película en la tele. Marta estaba tumbada en el sofá, con los pies encima del regazo de Miguel que se encontraba sentado con los suyos apoyados en la mesa del salón. Rafa por su parte estaba estirado en la butaca que quedaba por delante del sofá, de espaldas a ellos.

Llevaban ya un rato viendo la película cuando Marta se dio cuenta que su primo estaba acariciándole los pies. Eso le gustaba, resultaba de lo más relajante, ella por su parte no sólo se dejaba hacer si no que además le acariciaba con las plantas el abdomen desnudo a Miguel, pero lo hacía de una forma fingidamente distraída sin apartar la vista de la tele. 

Las caricias parecían cada vez menos inocentes, sobretodo cuando Marta se percató del bulto que sobresalía del pantalón corto de Miguel. Eso hizo que ella quisiera jugar con fuego.
Poco a poco fue escurriendo los pies hacia la zona caliente. Cada milímetro que sus pies se desplazaban en esa dirección se ponía un poco más nerviosa y excitada haciendo que notase un calor que subía por sus muslos.
Llegó a un punto en que el dedo meñique de su pie derecho rozaba el pene erecto de su primo. Se quedó quieta durante unos segundos contrayendo los muslos con fuerza temiendo que fuera a manchar el sofá con su flujo. Miró fijamente a Miguel que tenía las mejillas sonrojadas de la vergüenza que estaba pasando.

No contenta con ello acercó más el pie y comenzó a frotarle el paquete con cuidado. Sus dedos notaban un pene que ya estaba bien duro. El pie izquierdo se dedicó a intentar meterse con cuidado y despacito entre el elástico del pantalón y la piel de Miguel. Marta no pudo refrenar más sus impulsos y justo en el momento que su primo la miró, esta tenía las manos entre los muslos palpándose un calor que iba a abrasarla de un momento a otro.

Con los ojos abiertos como platos ante ese espectáculo de procacidad, Miguel no quiso ser menos arriesgado, aún sabiendo que su hermano Rafa podría pillarlos si se daba la vuelta, así que no se lo pensó dos veces y agarrando los pies de su prima, comenzó a frotárselos contra su miembro.

Marta miraba instintivamente el respaldo de la butaca donde se sentaba su primo mayor para comprobar que todo seguía tranquilo a la par que miraba a los ojos a Miguel, lo hacía muriéndose de gusto y mordiéndose el labio inferior. 
Ella tenía una mano dentro de su short y la otra dentro de su camiseta, acariciándose un pecho libre de sujetador.
Mientras frotaba sus pies ahora ya descaradamente contra el paquete de Miguel, este podía ver como a ratos su prima sacaba su mano de entre sus muslos y se chupaba los dedos sin quitarle los ojos de encima. Miguel no pudo reprimirse más y por mucho miedo que pudiese sentir en ese momento, se sacó la polla y la atrapó con los pies de Marta para masturbarse con ellos. Sus pies podían acariciar ahora perfectamente la suave y tersa piel de su pene duro y caliente. Miguel quería todavía más y escupió lentamente sobre los dedos de los pies de Marta. Las uñas pintadas con esmalte negro tenían ahora un brillo especial gracias a la saliva de su primo que se concentraba en que su polla resbalase lo mejor posible al envolverla entre sus pies.

Tan excitados como estaba tuvieron que parar de repente cuando oyeron el crujir de la butaca al levantarse Rafa.
Gracias a que este se desperezó con un sonoro bostezo antes de darse la vuelta, los dos tuvieron el tiempo justo de recolocarse y disimular cuando el hermano mayor les dijo si les había gustado la película. Asintieron los dos desde el sofá, nerviosos, algo asustados todavía y sin levantar la vista.

Rafa apagó la tele y se dirigió a su cuarto instándoles a que hicieran lo mismo. De inmediato, Marta se levantó con una sonrisa en los labios y le dio un beso de buenas noches a su primo Miguel que se había colocado un cojín en el regazo. Le susurró al oído que era una pena no poder terminarlo y que se iba a dormir.

Una vez en su cama, a oscuras, Marta se lamentaba de no haber podido culminar todo aquello, ahora tenía la oportunidad de frotarse a solas en la comodidad de su habitación, pero eso le sabía a poco por muy excitada que estuviera y por mucho que se le saliera el corazón por la boca al recordar lo que había pasado.

Comenzó a dar vueltas en la cama con las sábanas pegadas al cuerpo por el calor. Se mordió los labios y miró al techo aún encontrándose a oscuras y después de unos minutos planteándose qué hacer, se armó de valor y se levantó de la cama para salir de su habitación intentando hacer el menor ruido posible para no estropear el silencio de aquella noche de verano.

Fue caminando casi de puntillas imitando los movimientos felinos de una espía que no quería ser descubierta por nadie, hasta llegar a la puerta de la habitación de su primo. En ese instante la cabeza estaba a punto de estallarle y no paraba de repetirse a si misma que aquello era una locura sin sentido, pero sabía mejor que nadie que se arrepentiría a la mañana siguiente si no lo hacía.
Su boca estaba seca por el miedo y temía que con aquella quietud se pudiese oír el sonido de su corazón rebotando contra su pecho. No vaciló más y giró el pomo de la puerta con decisión y la abrió de golpe para evitar el crujir de la madera.

Al entrar en la habitación de Miguel, se dio cuenta de la quietud que reinaba. Este dormía boca arriba, tranquilo y despreocupado. Ella avanzó poco a poco hasta quedarse a los pies de su cama. Podía oírle respirar tranquilo con los párpados suavemente cerrados. Marta lo encontró más atractivo que nunca tal y como estaba en ese momento. La luz de la luna iluminaba levemente su figura desnuda a excepción de los pantaloncitos cortos que había llevado puestos antes en el salón, sin nada debajo.

Ella se inclinó poco a poco sobre la cama de su primo y se encogió hasta que su cara quedó a un palmo de la entrepierna de Miguel. Procuraba no emitir ningún tipo de sonido ya que no quería despertarlo. El calor y la humedad volvían para martirizarla y no tuvo más remedio que alargar la mano para acariciar la entrepierna de su primo. Poco a poco, el pene cubierto por la tela comenzó a despertarse  a espaldas de su dueño y Marta pudo ahora agarrarlo con firmeza tal y como hubiese querido hacerlo en el sofá. Con cuidado hincó sus rodillas en colchón para tener más cerca su objeto de deseo y así bajarle el pantalón con las dos manos.

De nuevo el miembro hinchado se descubrió para ella y no pudo refrenar las ganas de llevárselo a la boca, despacio, temiendo el momento en que Miguel pudiera despertar de su sueño. Notaba el sabor amargo del esperma en la punta debido seguramente al líquido preseminal expulsado durante el jueguecito que tuvieron antes.
No podía asegurar si era la polla más grande que había tenido delante, pero sin duda era de un tamaño perfecto.

Marta comenzó a descubrir el prepucio para poder chuparlo suavemente, después su boca se tragó el miembro hasta donde pudo y subió de nuevo hasta sacarlo de su boca.
La luz que se colaba por la ventana hacía brillar la saliva que le había dejado en el pene a Miguel y eso la excitó todavía más.
Siguió chapándola con devoción mientras se metía los dedos por dentro de las bragas prácticamente empapadas, hasta que sucedió lo inevitable. Con un movimiento brusco, Miguel se despertó confundido, encontrándose a la que hace unas horas fue su mayor tentación, ahora dándole una sorpresa inesperada y de lo más placentera en su propia cama.
Marta se quedó petrificada de golpe mirando directamente a los ojos de su primo, con una mano agarrando su polla y con la otra dentro de sus bragas. Se había quedado tan absorta de todo que no supo como reaccionar en ese momento.

Ella empezó a notar que le ardía la cara por el miedo al haber sido descubierta. Le tembló suavemente la mano y pasado el shock inicial sonrió e inmediatamente se puso una mano en la boca para no ponerse a reír. Miguel, por muy tímido que fuese no quiso estropear aquella experiencia y agarro el pelo de Marta para guiarla de nuevo hasta su falo. Ella servicial continuó chupándolo ahora sin miedo a resultar demasiado impetuosa. Ya no tenía que andar con cuidado, podía disfrutar del cuerpo de su primo como quisiera, y lo demostraba acariciándole el pecho, pellizcándole los pezones y llenándose la boca ya no sólo de su pene si no también los testículos, incluso se permitió pasar la lengua por el perineo sabiendo lo mucho que podía excitarle. Se arrodilló encima de la cara de Miguel, dándole a entender que era ella ahora la que quería una boca recorriendo su sexo.

Su primo lo entendió a la primera y sus labios se quemaron al contacto con el coño de su prima. Su olor, su sabor y su textura se hicieron con la boca de este, lo atraparon y Miguel no podía hacer más que hundir su cara todavía más adentro de ella para meterle la lengua y recorrerla por dentro tal y como deseaban los dos.
Marta, se mordía el dedo índice de su mano para no gritar, lo apretaba con fuerza marcando sus dientes en él. Con la otra mano agarraba con fuerza el pelo de su primo y lo asfixiaba contra su pubis para que no se le ocurriera apartarse de ella en ese momento. Se llegó a sorprender de lo bien que le llegaba a comer el coño su propio primo ya que pensaba que aún siendo mayor que ella su experiencia era mucho más corta.
El orgasmo no tardó en reventar la cavidad de Marta bombardeándola desde dentro con espasmos y sacudidas, sin duda hacerlo de esa manera tan clandestina y sin planificar era tan fuerte que no le sorprendió que llegase tan pronto. Pero ese no sería el único plato que se tomaría aquella noche.

Dejó que Miguel volviese a respirar a gusto descabalgándose de la cara de este y  se colocó encima de su polla todavía bien dura y viscosa por la saliva que le había dejado. Se inclinó hasta su oído y le susurro que no tenía de qué preocuparse, porque ella tomaba la píldora desde hacía un año.  De nuevo Marta estuvo a punto de hacer retumbar las paredes con una sonora carcajada al ver la cara de sorpresa de Miguel, pero supo controlarse y con un preciso movimiento agarró por detrás la polla de su primo y se la introdujo poco a poco hasta quedarse suspendida con medio miembro dentro. Se quedó con los ojos cerrados y la boca abierta unos segundos y automáticamente fue bajando despacio para acabar de introducírsela del todo.

Las caderas se contoneaban follándoselo despacio. Miguel le agarró el culo con las dos manos y se vino hacia ella para metérsela todavía más a dentro. Marta tenía las manos recogiéndose el pelo trotando despacio. Ella se lamía el sudor de su propio brazo con la lengua fuera. Ante esa visión, Miguel no pudo hacer otra cosa que aumentar el ritmo para darle con mayor fuerza y pasión. Cuanto más endurecía su miembro dentro de la vagina de Marta, esta más lo estrangulaba en su interior, se turnaban así en un acto continuo de contracción y dilatación.

Ella se acercó de nuevo al oído de él para susurrarle que volvía a estar a punto de correrse y quería que lo hicieran juntos. Le acercó un pecho a su boca para que lo lamiera su primo. La boca de este succionaba su suave piel, comiendo con voracidad no solo la aureola si no también parte del pecho, girando con fruición la lengua sobre su pezón bien duro. Justo iban a llegar al orgasmo los dos, cuando Marta por miedo a ponerse a chillar por el goce, se tapo la boca  mordiendo el cuello de Miguel que ante tamaña muestra de salvajismo no aguantó más y se vació dentro de ella, haciendo que el calor de su leche la inundara.
No tardaron en llegar de nuevo los espasmos y las contracciones de Marta que temblaba por las palpitaciones del miembro de su primo que todavía seguía dentro, sin deshincharse, firme para complacerla.  Se quedó encima de él ahora ya sin morderle, pasándole la lengua para aliviarle el dolor en esa zona. Tardó unos minutos en volver a respirar sin dificultad, notándose sudada y satisfecha.

Marta volvió a comprobar en sus generosas carnes que si algo le apetecía, debía tomarse la libertad de cogerlo y más cuando eso podía satisfacer tanto a otra persona.
Los dos se besaron amorosamente como dos primos que se han querido desde pequeños.
Más tarde ella se quedó dormida sobre el pecho de Miguel, escuchando como su ritmo cardíaco era cada vez más relajado.

Los primeros rayos de sol dieron a la mañana siguiente los buenos días en la cara a Marta, que se levantó de un salto de la cama al darse cuenta de lo que había pasado. De nuevo se encontró con su primo dormido en su cama, pero esta vez no quería despertarlo. Le dio un beso en los labios y se marchó de su habitación en silencio aprovechando que el resto de la familia todavía estaba durmiendo sin levantar la más mínima sospecha.

Unas horas más tarde, su tía llamó a la puerta de su habitación para avisarla que el desayuno ya estaba listo. Marta llevaba unos minutos despierta sonriendo y recordando lo que había vivido la noche antes.

Entro en la cocina y ahí estaba sentado su primo mayor, Rafa leyendo el periódico mientras se comía una tostada con mantequilla. Su tío estaba exprimiendo zumo de naranja al lado de la tía de Marta que estaba sirviéndose un café.
Se sentó en una silla y enseguida apareció Miguel. Al entrar se miraron con una sonrisa de forma cómplice pero se saludaron con total normalidad. Al sentarse al lado de Marta, Rafael dejó el periódico en la mesa y al mirar a Miguel le dijo: - ¿Qué te ha pasado en el cuello chaval? ¿Te has arañado mientras dormías o qué?- Rió mientras interrogaba a su hermano menor.
Marta se percató entonces del chupetón que le había dejado a su primo en el cuello la noche anterior para poder ahogar sus ganas de gritar por culpa del orgasmo que le había provocado.
- No sé, quizá sea un de esos bichos nocturnos que se cuelan en tu habitación sin que te des cuenta.- Dijo sonriente mientras miraba de reojo a su prima Marta, que se había puesto colorada.

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