martes, 13 de agosto de 2013

Polaroids. - primera parte.

Eran justo las cinco de la tarde. Y esto lo sabía cualquiera que pasase por ahí, al escuchar cómo repicaban las campanas de la iglesia cercana al colegio de Adela.
Como siempre a esa hora, salía ella por la puerta principal acompañada de su amiga Arantxa.

Las dos ataviadas con el mismo uniforme: Zapatos planos, calcetines blancos de algodón hasta las rodillas, falda plisada gris y un cárdigan azul marino que comenzaba a sobrar por aquellas fechas.

Aunque Adela, siendo alta para sus dieciséis años, llenaba mucho mejor el conjunto, rematándolo con unos lazos de Don Algodón para adornar sus coletas de color castaño. Su amiga, algo más bajita y delgada, lucia una brillante ortodoncia y unas gafas de concha.
Esta cargaba una cartera de cuero marrón a sus espaldas, mientras que la de las coletas, tapaba su desarrollado pecho con una carpeta forrada con adonis de la canción ligera de esa época.

Apretaron el paso al cruzar el parque, con la cabeza gacha y sonriéndose vergonzosas por culpa de los señores mayores que las escudriñaban sentados en sus bancos.

–Ese de ahí se está tocando el paquete mientras te mira –dijo Arantxa señalando con el mentón a un hombre con gorra de unos setenta años.
–¡Serás guarra! –le espetó Adela–. Seguro que se la casca cuando llegue a casa, pero pensando en tus aparatos.
Las dos se echaron a reír dándose codazos de complicidad cuando llegaron a las puertas de hierro forjado de la salida del parque. Se despidieron hasta el día siguiente y Adela enfiló la calle principal para dirigirse a casa de sus tíos.

Los días de colegio, Adela iba a merendar y hacer los deberes a casa de sus tíos, hasta que su padre o su madre la recogiesen para llevarla a casa.

Ahí se pasaba las tardes con su primo Enrique, dos años mayor que ella. Intentaba ayudarla con los deberes, o más bien vigilaba que los hiciera y no se distrajese interrogándole con sus preguntas incómodas:

–¿Y tú ya tienes novia o qué? –preguntó ella para molestarlo. Sonriendo burlonamente, levantando la vista de sus apuntes.
–¿O qué? –Contestó para desafiarla– Sabes de sobra que no tengo novia ni perro que me ladre. ¿Por qué quieres saberlo?
–Va, un chico alto y moreno como tú. Con esos ojos verdes. No sé para qué te pones tan cachas en el gimnasio. Menudo desperdicio de cuerpo…
–No seas tan deslenguada, niña. –le contestó Enrique mientras se incorporaba en la cama de su habitación y le estiraba una de sus coletas.

En ese momento sonó el interfono y su primo salió de la habitación apresuradamente para responder. –Debe ser Amador. –dijo por el pasillo para contestarlo.
Ella escuchó como hablaba a través del aparato y le decía que bajaba al portal. 

Adela se quedó en silencio en el cuarto de su primo y no tardó ni dos segundos en apartar la vista de su material de estudio para comenzar a cotillear por la habitación. Revolvió un par de cajones del escritorio, más por aburrimiento que por la esperanza de encontrar nada.

Después de revolverle un poco la mesa, se tumbó bocabajo con un suspiro desganado sobre la cama. Dejó caer la mano por el espacio entre la pared y el somier y sus dedos notaron el borde de algo parecido al cartón, casi tocando el suelo. Adela metió más el brazo y agarró lo que fuera aquello y lo sacó de ahí.

Resultó ser una carpeta negra de separadores, con gomas elásticas.
La abrió curiosa, y entre unos folios de apuntes encontró una revista.

La revista, de descriptivo nombre “MACHOS”, mostraba en la portada a un hombre velludo y con barba, vestido solo con unos tejanos, con la bragueta abierta y la mano metida dentro.

Encontrar ese tesoro oculto y sórdido de su primo la tenía bastante excitada. Comenzó a sentir calor en sus mejillas y los acelerados latidos del corazón golpeaban contra su pecho.
Que el hombre de la portada la mirase fijamente no hacía más que provocar en Adela unas ganas irrefrenables de frotarse contra el colchón.
Miraba a ese tío musculado en blanco y negro, se mordía el labio inferior y acariciaba el contorno de la figura sobre la portada.

Acabó por pegar la cara contra la revista, ya con una mano aprisionada entre sus caderas y la cama. Quería ir más lejos y besar a ese tío desnudo: Comenzó besándole sobre la cara. Sus labios atrapaban toda su cabeza y bajó la boca un poco más para hacer lo mismo con su cuello y sus pectorales.  Después sacó la punta de su lengua y la paseó por los abdominales.

La mano se movía con cierta dificultad intentando abrirse paso entre el colchón y sus braguitas blancas de algodón hasta que consiguió resbalar las yemas de sus dedos entre los labios de su raja. Estos se movían arriba y abajo cada vez a mayor velocidad gracias a los fluidos que salían de dentro de su coño y resbalaban por la palma de su mano.
Sentía como se asfixiaba de calor por culpa del fuego que la quemaba desde dentro.

Se sentía ya a punto de explotar cuando entrecerró los ojos y pudo imaginar al hombre de la portada, encima de ella, agarrándola con fuerza de las muñecas.
 El orgasmo la inundó desde el interior recorriendo sus piernas, haciéndola temblar hasta los pies.

Recobró la respiración y se dio la vuelta, sosteniendo la revista contra su pecho. Le acercó los dedos mojados a la cara del chico duro y manchó un poco la portada:

–Ten, pruébame tú a mí ahora –le dijo Adela sonriéndole. Y después volvió a besar esa foto, notando el regusto suave y salado que le había dejado.

Se puso a lamerse la mano como una gata a la hora del baño mientras hojeaba distraída la revista viendo una sucesión de más hombres fotografiados en duchas, gimnasios o al aire libre.

–Serás todo lo maricón que quieras Enrique, pero no te falta buen gusto –soltó ella, asimilando en ese momento la condición de su primo.

Al volver a guardar la revista en la carpeta, se encontró algo con lo que no había reparado su atención antes:
Era un sobre de papel marrón algo abultado. Dejó caer su contenido sobre la cama y la colcha se inundó con un montón de fotos polaroid.

En ellas, un chico alto, rubio y bien definido, posaba delante de la cámara: Algunas veces sin camiseta, otras desabrochándose los pantalones, en otras solo se veía como marcaba paquete en calzoncillos y alguna incluso totalmente desnudo y erecto.
Todas ellas tomadas en la misma habitación.
La identificó en seguida. Se trataba de la sala del proyector del cine donde trabajaba su primo los fines de semana.

Detrás de cada foto, en el espacio inferior en blanco, había apuntada con rotulador una fecha. Esas fotos habían sido tomadas desde hacía casi un año: 30/1/88,11/7/87, 27/2/88, 31/10/87, 8/8/87, 19/12/87, 23/4/88... Un rápido vistazo al calendario de la pared le reveló que las fechas siempre coincidían con un sábado.

Adela se sentía como una detective de novela negra ligando esos cabos sueltos. Estaba claro que su primo Enrique se citaba con un amigo cada sábado en el cine donde trabajaba.

En ese momento volvió a retumbar como un trueno el interfono y Adela saltó de la cama y comenzó a recoger apresuradamente las fotos y meterlas de nuevo en el sobre, y este junto con la revista, dentro de la carpeta, para acabar dejándola donde la encontró.                                                                                                                                          

Comenzó a alisarse el uniforme escolar cuando su tío abrió la puerta sin llamar antes:
Adela, baja al portal. Ya está aquí el coche de tu padre –le dijo metiéndole prisa–, ¿Cómo es que tienes la cara así de roja?
–De tanto estudiar –contestó con una risita nerviosa–, supongo.
Y salió por la puerta de la habitación a prisa sin mirarle a la cara.

Al cruzar el portal de la casa de sus tíos vio a Enrique apoyado en la pared, fumando y charlando con un chico alto y rubio.

Un rápido vistazo le bastó para darse cuenta de que el tal Amador que había llamado antes a su primo, era el mismo modelo de las polaroids. Aún vestido y con una actitud más relajada se le podía reconocer a simple vista.

En ese intervalo de pocos segundos, ella pudo contemplar con atención las facciones de su rostro: Tenía los labios gruesos y rosados, bien afeitado y un cabello rizado, no muy corto.
Amador le devolvió la mirada, algo extrañado por la curiosidad que sentía por él esa chica con uniforme escolar.

Adela se despidió de Enrique y Amador haciendo un gesto con la mano y se subió al coche de su padre, que arrancó dirección a su casa.

Durante los sucesivos días, Adela no dejaba de pensar en Amador y más aún en el tipo de relación que podía tener con Enrique.
Su imaginación hacía que se olvidase de que estaba en clase y fantaseaba con ellos.

Los imaginaba como dos lascivos amantes siempre dispuestos a darle a ella un buen espectáculo: A veces llevaban tan solo unos tejanos ajustados empapándose en una ducha y devorándose la boca.
Otras veces los veía en la habitación de Enrique, uno encima del otro mientras ella podía masturbarse cómodamente en la mesa donde hacía los deberes.
Incluso podía imaginárselos apoyados sobre el pupitre donde ella estaba en ese momento, con Amador inclinado sobre ella a un palmo de sus labios mientras su primo Enrique lo embestía por detrás sudando y aullando de placer. Rozándole los labios, casi besándolo mientras su primo le daba por el culo.

Para cuando quiso darse cuenta, su amiga Arantxa, sentada en su mismo pupitre, acabó por darle un codazo que la devolvió a la realidad:
–Vas a acabar por hacerte sangre en el labio–.
–¿Qué? –contestó alarmada Adela, volviendo en si de sus pensamientos.
–Llevas toda la clase con la mirada perdida y mordiéndote el labio–.

Adela se sorprendió de su actitud y se fijó en que tenía las piernas cruzadas, con los muslos contrayendo y distensionando sus músculos en una especie de discreto e involuntario juego onanístico.
Al sonar el timbre y dar la clase por terminada, se levantó sintiéndose empapada y dejando un leve rastro de humedad en la silla.

Al llegar a casa de sus tíos y con el cárdigan anudado en la cintura para disimular cualquier mancha incómoda de su falda, Adela se fijó que su primo sacó un juego de llaves de su mochila y lo guardó en el escritorio. Pudo fijarse, antes de perderlo de vista, que tenía un llavero con el nombre del cine donde él trabajaba.
La chica comenzó a urdir en su mente un plan, sintiéndose algo mareada y acalorada.

Esta se disculpó diciendo que necesitaba un vaso de agua y salió de la habitación. Por el pasillo se acercó al teléfono, que estaba prendido a la pared. Descolgó e hizo girar la rueda tres veces. Informó de algo al receptor del otro lado y volvió a colgar.
Regresó a la habitación con un vaso de agua y disimuló su tensión fingiendo un gran interés por los apuntes que estaba leyendo.

En ese momento sonó el teléfono y Adela no pudo contener un leve respingo. Su primo salió de la habitación para alcanzar el aparato antes que sus padres, temiendo algún tipo de llamada incómoda.

En el momento que ella se quedó a solas en la habitación, miró hacia la puerta mordiéndose el labio y abrió el cajón para sacar el juego de llaves que antes había visto. Se levantó para estudiarlo detenidamente, pero enseguida se alarmó al sentir que Enrique había colgado bruscamente el teléfono del pasillo.
Sin tiempo a reaccionar, se guardó el juego de llaves dentro de sus braguitas de algodón, sintiendo de golpe el frío de esas piezas metálicas contra su pubis.

Su primo entró extrañado en la habitación, diciendo que una telefonista le había llamado diciendo algo sobre responder a una petición de comprobación de línea que le habían pedido.
Adela sonrió sintiéndose la chica más lista del mundo. Aunque tuviese que permanecer ahí sentada, durante una hora más, con un juego de llaves rozándole el coño.

Ella sabía por supuesto que su primo necesitaría esas llaves, pero no antes de que llegase el fin de semana. Al día siguiente lo volvió a dejar en su sitio después de pasar por una zapatería y pedir que le hiciesen un juego nuevo.

Por fin había llegado el sábado por la noche y Adela estaba preparada para llevar su travesura hasta el final. 
Esperó a que sus padres se durmiesen para salir de la cama, ya vestida de calle para ahorrar tiempo. Dejó unos almohadones debajo de las sábanas y salió con los zapatos en la mano para no hacer ruido al caminar por el pasillo.
Abrió la puerta con un cuidado digno de una ladrona y la volvió a cerrar de la misma manera al salir.

Respiró hondo al llegar a la calle y su pecho se llenó con el aire frío de la noche, que le hizo sentir miedo y excitación por la hazaña que estaba apunto de llevar a cabo.

1 comentario:

  1. Por favor escribe más, me ponen muy caliente

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